Hesicasmo: El monaquismo en el oriente cristiano

Nota: El siguiente trabajo fue recopilado por Ángeles Soto, directora de nuestro Centro Noesis. En este escrito encontraremos una excelente exposición sobre el centro de las prácticas místicas del Cristianismo Ortodoxo Oriental: el Hesicasmo. 

Introducción

La experiencia de la Vida1 sería la definición más breve de la mística.”2 Y parece que esta definición concuerda perfectamente con la experiencia de la búsqueda interior del Cristianismo Oriental. La búsqueda de Dios que se convierte en experiencia divina, en participación de la Gracia de Dios y de sus energías, en theosis o “deificación”, que se da en el oriente cristiano, entre sus monjes y eremitas, con mucha más fuerza y presencia que en otros cristianismos.

Theosis o deificación que se obtiene, se manifiesta y se perpetúa especialmente en la práctica de una oración concreta, la oración del corazón, la oración de Jesús, oración y disciplina recogida preciosamente en una colección de textos llamada Filocalia3 o “amor a la belleza”. Oración y disciplinas practicadas fervientemente por los hesicastas, monjes y religiosos, custodios del monaquismo oriental, en su búsqueda de la hesyquia o “el reposo en Dios”, la quietud interior y exterior, la paz o apatheia, la no-pasión, que florece en el interior del que ora incesantemente con la “plegaria de Jesús”.

Para un cristiano occidental, todos estos términos suenan extraños al oído y sin embargo resuenan sorprendentemente cercanos al corazón y al anhelo, y parece como si encendiesen una pequeña llama en nuestro interior que nos impulsa a preguntarnos que quizás hay una parte del mensaje divino, de la buena nueva dada por el Cristo, que sabíamos que estaba ahí, que ya la conocíamos, pero que hemos apartado u olvidado.

Este trabajo pretende esbozar estos tres temas, el hesicasmo, la “oración del corazón” y la theosis, que, según mi parecer, conforman lo fundamental de la mística cristiana oriental. Una “mística de la luz divina” que no sólo se ha quedado dentro de los monasterios y cenobios, sino que ha formado parte de la vida y de la sociedad de los pueblos y naciones donde el cristianismo ortodoxo oriental ha estado presente, desde sus orígenes hasta la actualidad.

Pretende ser también, y ese es mi mayor anhelo, una guía, un pequeño itinerario desde el corazón de uno mismo hasta el corazón de la mística cristiana oriental, y poder así recuperar una tradición espiritual más pura, original, y cercana a los primeros siglos del Cristianismo.

La mística en el oriente cristiano

El verdadero monje es una mirada inmóvil del alma y un sentido corporal inquebrantable…el monje es una luz que no se extingue a los ojos del corazón” (Escalon 23). Juan Clímaco o de la Escala”4.

La espiritualidad y la mística del oriente ortodoxo es un gran tesoro que, poco a poco, los occidentales estamos re-descubriendo. Y en ese redescubrimiento sentimos que esa parte escindida, separada, pero también muy nuestra, regresa para instalarse, de una forma sutil, pero a la vez atronadora, en nuestro interior, dando voz y consuelo a nuestros anhelos más íntimos de unión con Dios.

Para un occidental, es muy llamativa la sencillez y claridad de los Padres de la Iglesia Ortodoxa. Y no es porque sus escritos no estén llenos de sabiduría y de profundidad sino todo lo contrario. Es increíble la facilidad con la que cualquiera de sus escritos llega directamente al corazón. Para ello sólo hace falta hojear por encima una preciosa compilación de sus textos, llamada Filocalia, que significa “amor a la belleza”.

Y es que parece que en el oriente cristiano todo gusta de hacerse con infinita belleza. Y eso se debe a que “los ortodoxos reconocen que su conducta personal y social debe ser inspirada por la creencia en la Encarnación, que revela a los hombres la bondad y la bienaventuranza de la tierra y la capacidad de la materia para ser vehículo del poder divino. La profunda apreciación de la belleza y la gloria de la creación conduce a la insistencia de que el culto cristiano debe incluir lo mejor que pueden producir los artistas. El arte desempeña un papel vital en la vida del Oriente ortodoxo”5.

Por ese mismo “amor a la belleza”, cuando en oriente se estudia un Icono, se habla de Teología de la Belleza. Los Iconos son prototipos espirituales. Son planos, sin dimensión, pues al representar la otra vida, la divina, no están sujetos ni al espacio ni al tiempo. No tienen perspectivas porque representan todas las perspectivas, es decir, si representan a Dios, ¿qué perspectiva más allá de Él?

El Icono es una ventana a través del cual Dios se asoma al hombre, y el hombre a través del mismo Icono, puede vislumbrar destellos de Dios. “El Icono es sin duda una de las formas más completas de la revelación de la luz. Nos invita en el silencio sonoro del cara a cara, a reconocer la suave claridad de la Presencia. El Icono da acceso, por la amorosa liturgia de la mirada, al conocimiento de la realidad. Nos lleva a ese umbral del entendimiento divino en el que el pensamiento se vuelve obra. Es en este sentido en el que se puede decir que el icono está más próximo del pensamiento de Dios, que la naturaleza misma”6.

El Cristianismo Ortodoxo Oriental es la forma más contemplativa, más próxima a los orígenes del Cristianismo, que conserva toda la frescura de los Evangelios. Es una forma de Cristianismo más inclinada siempre al silencio que a la palabra, a la contemplación que a la acción, y por eso mismo en la historia del Cristianismo Oriental tiene vital importancia la espiritualidad monástica. El monacato tiene un peso importantísimo y es esencial en la eclesiología del Oriente. El monaquismo es siempre punto de llegada de toda persona, para poder realizarse como verdadero cristiano.

Las comunidades de monjes y monjas han desempeñado y desempeñan un gran papel en la vida de los cristianos orientales. Los oficios de la Iglesia Ortodoxa tuvieron origen en los monasterios, y allí se desarrolló también el método de confesión y de vigilancia espiritual. La mayoría de la literatura sobre la oración y el examen de conciencia que utilizan los seglares ortodoxos es obra de grandes ascetas orientales.

Sin embargo, el monacato oriental no es como el occidental, pues el de Oriente no está constituido por una multiplicidad de diferentes órdenes. Esto es así porque la vida monástica se concibe de forma diferente en Oriente. Según la ley de Justiniano7 (Nov. 133), “la contemplación es la única finalidad de la vida monástica”.

Así como en el Cristianismo Occidental, en la vida espiritual del monaquismo oriental existen dos vías o etapas básicas: la vida activa (praxis, praktiké) representada por Marta y la vida contemplativa (teoría) representada por María (Lc 10:36-42). Sin embargo, existe en Oriente y en Occidente una gran diferencia en la concepción y en la práctica de estas dos vías.

En la concepción católica la vida activa hace referencia normalmente a los miembros de las órdenes religiosas dedicados a la enseñanza, la predicación o tareas sociales, mientras que la vida contemplativa se refiere a religiosos tales como los cartujos, que viven en clausura. En la ortodoxia, las dos vías, la activa y la contemplativa, se aplican al desarrollo interior, no a situaciones externas.

Podríamos pensar, entonces, que en el monacato oriental, no se practica la vía activa, sino exclusivamente la contemplativa, si la distinción entre las dos vías, contemplativa y activa, tuviese el mismo sentido en Oriente que en Occidente. En realidad, ambas vías son inseparables para los espirituales orientales: la una no puede ejercerse sin la otra. “La vida activa significa el esfuerzo ascético para adquirir la virtud y dominar las pasiones, mientras que la vida contemplativa significa la visión de Dios. Así, según este uso, la mayoría de los ermitaños y religiosos enclaustrados están todavía luchando en la etapa activa, mientras que un doctor o un trabajador social, plenamente entregado al servicio exterior en el mundo, puede con todo al mismo tiempo buscar la vida contemplativa, si él o ella practica la oración interior y ha alcanzado el silencio del corazón”8.

En esta concepción de la vida espiritual, donde todo se concibe como obra interior se fue desarrollando, ya desde el s. IV, en el monacato oriental, una amplia corriente de espiritualidad llamada hesicasmo. El hesicasmo es una forma de vida contemplativa dedicada completamente a la búsqueda de la unión con Dios, la deificación o theosis, por medio de la soledad y de la oración continua.

El hesicasmo

El hesicasmo es un método de interiorización que conduce a un perfeccionamiento que desemboca en la deificación. El hesicasmo proviene del término griego hesychia, ‘quietud, tranquilidad, paz’. La hesychia en los autores espirituales indica al mismo tiempo recogimiento, silencio, soledad exterior e interior, unión con Dios.

La hesychia está tan relacionada con la soledad que llega a confundirse con ella. Un hesychastes es un ermitaño, un monje solitario. Pero por hesychia no se refieren solamente al silencio exterior o material sino principalmente y sobre todo al silencio interior que se consigue por la apothesis noematon (eliminación de los pensamientos). Esto nos lo explica claramente Juan Clímaco o de la Escala cuando dice:

La soledad del cuerpo es la ciencia y la paz de la conducta y de los sentidos; la soledad del alma, la ciencia de los pensamientos y un espíritu inviolable. El amigo de la soledad es un espíritu animoso e inflexible, centinela sin sueño ante la puerta del corazón para derribar y matar a los que se aproximan. Aquel que practica esta soledad en lo profundo de su corazón comprende lo que yo digo; aquel que está todavía en la primera infancia no la ha gustado y no la comprende. El que sabe no tiene necesidad de palabras; está iluminado por la ciencia de las obras”.

El hesicasmo rechaza los discursos interiores, las interrogaciones inútiles, los falsos problemas que dispersan de la actividad de la inteligencia o nous, es decir, el intelecto en su ejercicio intuitivo, ajeno al discurso.

Un cabello basta para empañar la mirada; una simple preocupación es suficiente para destruir la soledad (hesychia), pues la soledad es despojamiento de todos los pensamientos y renuncia a todas las preocupaciones, sean o no razonables”. Juan Clímaco o de la Escala.

El monje, totalmente ubicado y plenamente atento en su corazón, debe dejar que la mente se eleve por encima de conceptos, palabras e imágenes, de tal manera que aprehenda a Dios intuitivamente a través del simple “mirar penetrantemente” o del “tocar”. La mente debe llegar a estar “desnuda”, pasando a la unidad más allá de la multiplicidad. Su meta es la “oración pura”, la oración intelectualmente pura y libre de todo pensamiento. Aún más, rechaza todas las ideas sobre Dios, pues toda idea abre una distancia entre el sujeto y la divinidad reduciendo esta a un objeto exterior.

Cuando estás orando, no formes dentro de ti ninguna imagen de la divinidad y no permitas que tu mente sea estampada con la impresión de ninguna forma; aproxímate en cambio a lo Inmaterial de una manera inmaterial… La oración significa el desprenderse de los pensamientos… Bendito el intelecto que ha adquirido la completa libertad de las sensaciones durante la oración”.

Ten cuidado con las asechanzas de los adversarios; puede ocurrir, mientras tú oras puramente y sin turbación, que se presente una forma, desconocida y extraña, para llevarte a la presunción de localizar en ella a Dios y hacerte tomar por divinidad el objeto cuantitativo repentinamente aparecido ante tus ojos; ahora bien, la divinidad no tiene forma ni cantidad”. Evagrio Póntico9 .

En los estados de contemplación más altos, la conciencia entre sujeto y objeto se pierde y en su lugar sólo queda un sentido de unidad que todo lo abarca. En el ámbito de la oración, la mente debe ser desnudada de todas las imágenes y conceptos, de tal modo que nuestros conceptos abstractos acerca de Dios sean reemplazados por el sentido de la “presencia inmediata de Dios”.

La oración de un monje no es perfecta si en el curso de la misma es consciente de sí mismo o del hecho de que está orando”. Antonio de Egipto10.

Todo concepto aprehendido por la mente llega a ser, para los que buscan, un obstáculo en su búsqueda. Nuestra meta es lograr, más allá de todas las palabras y conceptos, un “cierto sentido de presencia”; el novio está presente, pero no se lo ve”. Gregorio de Nisa11.

Esta conciencia no discursiva de la presencia de Dios es la hesychia, tranquilidad, quietud interna, sobre todo “silencio”, no negativamente en el sentido de ausencia del habla, sino positivamente en el sentido de “actitud de atender”. Por lo tanto, el que practica el hesicasmo, el que obtiene la hesychia, vive apofáticamente, si así se puede decir, “la plenitud”, no el vacío, “la presencia”, no la ausencia.

La práctica de la hesychia no es estática sino profundamente dinámica. Puesto que en esta íntima soledad se emprende una lucha, un terrible combate, donde, como bien nos dice Apa Bessarión12: “El monje debe, como los querubines y los serafines, no ser más que ojo”. No ser más que “ojo”, es decir, ser visión, atención, plena contemplación de la Gracia de Dios, para poder así emprender el trabajo de reunir las diversas energías, conquistando la perfecta unidad entre cuerpo, alma y espíritu.

Pero para poder llegar a esta perfecta unión con Dios, es necesaria la práctica de ciertos valores o actitudes internas. Para Hesiquio de Batos13 el objeto, el medio y el fin de la hesychia son la atención, prosoche y la sobriedad, nepsis. “La sobriedad es el ayuno del alma, atenta a despojarse de sus pensamientos”. Gracias a la práctica constante de la sobriedad, a la que él llama método espiritual, se llega a lo que todo buscador, asceta, monje o monja, hesicasta al fin, anhela desesperadamente, vencer dentro de nosotros a aquello que nos separa (pensamientos, tentaciones, deseos, miedos) de nuestra auténtica realidad externa e interna: Dios.

La sobriedad es un método espiritual que nos libera enteramente, con la ayuda de Dios y mediante un práctica sostenida y decidida, (…) Ella procura un conocimiento seguro del Dios incomprensible y resuelve de manera secreta los divinos y ocultos misterios.

La sobriedad es el camino de todas las virtudes y de todos los mandos de Dios. Consiste en la tranquilidad del corazón y en un espíritu perfectamente preservado de toda imaginación.

La sobriedad es un centinela del espíritu, inmóvil y perseverante ante el portal del corazón, (…)”. Hesiquio de Batos.

Según Hesiquio de Batos hay, además, cuatro formas de practicar la sobriedad que hace que los pensamientos se detengan; la primera es vigilar estrechamente la imaginación y la sugestión; la segunda forma consiste en orar conservando en el corazón un silencio profundo, en una carencia total de objetivos; la tercera es llamar sin cesar y con humildad a Jesús en nuestra ayuda y la cuarta es conservar sin interrupción en el alma el recuerdo de la muerte.

Sobre la atención los Padres nos dicen que su práctica constante enriquece nuestra alma y que debemos luchar para ubicarnos constantemente en ella.

La atención es un corazón en reposo permanente de todo pensamiento, que sólo respira e invoca sin interrupción a Cristo Jesús Hijo de Dios, (…).

La atención impide al corazón encerrar cualquier pensamiento, independientemente de su buena apariencia.

Velad sin cesar para que no haya en vuestro corazón ningún pensamiento irrazonable (prohibido) ni razonable (permitido), (…)”. Hesiquio de Bastos.

“…la atención es la llamada del alma, el odio hacia el mundo y el retorno a Dios. (…) La atención es el principio de la contemplación, su base permanente. Gracias a ella, Dios se inclina sobre el espíritu para manifestarse a él. (..) La atención es la purificación de los pensamientos, el templo del recuerdo de Dios, el tesoro que permite soportar las pruebas”. Nicéforo el Solitario14.

Los padres nos hablan también de otros valores como la humildad, la contrición o la oración, pero casi todos coinciden en el valor y la importancia que tiene la práctica incesante de una oración en particular: “la oración del corazón” o “la oración de Jesús”.

Desde el punto de vista histórico, el hesicasmo va ligado a tres aspectos distintos, pero interdependientes entre sí:

1º. Con el origen y desarrollo del monaquismo oriental. El monje o monachus que significa “solitario”, buscaba la quietud, la paz, el silencio, la soledad para poder recogerse en sí mismo y encontrar el camino para entrar en su “corazón”, y reunirse allí con el Señor a través de la fe, el ayuno, la caridad, la penitencia y la oración.

Cuando el enemigo nos exhorta a abandonar la soledad (hesychia), no lo escuchemos. Nada es más poderoso que la alianza del hambre y la soledad para luchar contra él. Ella proporciona agudeza a la visión de los ojos interiores”. Apa Doulas15.

El hesicasta es aquel que dice: “A punto está mi corazón” (Sal 57,8). El hesicasta es aquel que dice: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Cant 5,2). La hesychia es culto, servicio ininterrumpido a Dios, que el recuerdo de Jesús haga una sola cosa con vuestra respiración; entonces comprenderéis la utilidad de la soledad”. Juan Clímaco o de la Escala.

Para Isaac de Nínive16, la hesychia constituye la cima de la perfección y la “madre de la penitencia”. Para Evagrio Póntico, el gran maestro de la oración, es imposible ser monje sin retirarse del mundo y sumergirse en la hesychia. Para él la hesychia es un estilo de vida, una ciencia o arte, es la gracia de Dios. Le recomienda al monje que haga todo lo que le sea posible para vivir en la hesychia.

2º. El hesicasmo como oración continua. El objetivo final es la unión contemplativa con Dios a través de la «oración del corazón» o la «plegaria de Jesús». Esta práctica se remonta a la tradición de los Padres griegos de la edad media bizantina: Gregorio Palamas17, Simeón el Nuevo Teólogo18, Máximo el Confesor19, Diádoco de Fótice20; así como a los Padres del desierto de los primeros siglos: Macario21 y Evagrio. Algunos la vinculan con los mismos Apóstoles: “esta oración, dice un texto de la Filocalia, nos viene de los santos apóstoles. Les servía para orar sin interrupción, siguiendo la exhortación de san Pablo a los cristianos de orar sin cesar”.

Casi todos los padres de la Iglesia de Oriente han escrito sobre la necesidad, el valor y las ventajas de la oración ininterrumpida, la “oración del corazón”.

El trabajo manual, las vigilias y el ayuno no nos están mandados en todo tiempo; pero es una ley que oremos sin cesar…La oración, en efecto, hace a nuestro espíritu robusto y puro para la lucha…” Evagrio Pontico.

Quien quiera echar de sí todo mal humor, no se ha de contentar con orar un poco y a grandes intervalos, sino que se ha de ejercitar en la oración en espíritu…” “Porque, así como aquél que quiere purificar el oro no debe dejar un solo instante enfriar el crisol, sino quiere ver la pepita purificada reducida a su primer estado, de la misma manera quien no piensa en Dios sino a intervalos, lo que adquirió por la oración lo pierde en cuanto cesa ésta”. Diádoco de Fótice.

Dios es el bien en sí, la misericordia misma, un abismo de bondad y, al mismo tiempo, él abraza ese abismo y excede todo nombre y todo concepto posible. No hay otro medio para obtener su misericordia que la unión. Uno se une a Dios compartiendo, en la medida de lo posible, las mismas virtudes, por ese comercio de súplica y de unión que se establece en la oración”. Gregorio Palamas.

“…el apóstol prescribe “orar sin interrupción”, para que uniendo asiduamente nuestro espíritu a Dios, lo liberemos poco a poco de las ataduras de los objetos materiales.(…) La divina Escritura no ordena nada imposible. El apóstol también salmodiaba, leía, servía y, sin embargo, oraba sin interrupción. La oración ininterrumpida consiste en mantener el espíritu sometido a Dios con una gran reverencia y un gran amor, sostenerlo en la esperanza de Dios, realizar en Dios todas las acciones y vivir en él todo lo que nos sucede. El apóstol, puesto que se encontraba en tal disposición, oraba sin tregua”. Máximo el Confesor.

Esta tradición espiritual de la oración continua, “oración de Jesús” u “oración del corazón”, tuvo sus principales focos de vida en los monasterios del Sinaí y en los del monte Athos, especialmente en los siglos XIV y XV. A partir del siglo XVIII se expande fuera de los monasterios gracias a una obra, la Filocalia, publicada en 1782 por el monje griego Nicodemo el Hagiorita22  con la colaboración de Macario de Corinto. A finales del siglo XIX la “oración de Jesús” se popularizó extensamente, principalmente en Rusia y posteriormente en Francia y el resto de Europa, gracias a un pequeño y precioso libro anónimo titulado Relatos de un peregrino ruso23.

La oración de Jesús es una corriente de la espiritualidad oriental, pero algunos ven en ella, además, el tipo esencial de la mística ortodoxa o incluso “el corazón de la Ortodoxia”.

3º. El término hesicasmo está ligado, además, a las disputas religiosas suscitadas en Bizancio en tiempos de los Paleólogos (siglo XIV). Esta práctica fue atacada con violencia por el monje humanista ítalo-griego Barlaam el Calabrés; en respuesta, el teólogo bizantino Gregorio Palamas compuso las Tríadas en defensa de los santos hesicastas. La posición de Palamas se vio avalada por los concilios de la Iglesia ortodoxa de Constantinopla en 1341, 1347 y 1351. El hesicasmo se hizo muy popular, principalmente en Rusia, y continúa practicándose entre los cristianos orientales.

La espiritualidad de la oración del corazón

La cosa principal es permanecer delante de Dios con el intelecto en el corazón, y continuar permaneciendo sin cesar delante de él día y noche, hasta el fin de la vida”. Teófano el Recluso24.

Los cristianos orientales insisten en la convicción mística de que la fe y la vida espiritual están más allá de toda lógica y de todo concepto. El punto de contacto entre Dios y el hombre no es la “razón”, sino el “corazón”, que, según la tradición oriental, se considera como el centro de sí mismo y como el lugar donde se fija la presencia de Cristo.

La “espiritualidad del corazón”, insiste en la necesidad de una espiritualidad menos analítica, integral, divino-humana, en la que todas las dimensiones del ser colaboran armónicamente y alcanzan una estabilidad en la oración.

El monje hesicasta se entrega a la célebre “oración de Jesús”, que consiste en la repetición ininterrumpida de la siguiente frase: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi”. La repetición incansable de esta oración unida a la respiración es lo que los cristianos orientales denominan la oración pura.

La oración no debe ser simplemente una actividad entre otras sino la actividad por excelencia de toda nuestra existencia, una dimensión presente en cualquier cosa que emprendamos. La oración pues, se constituye, no como una práctica, que se realiza de cuando en cuando, sino como un estado que somos durante todo el tiempo.

¿Pero cómo podemos adquirir la quietud interior o hesychia, desde el nivel del pensar discursivo hasta el de la unión no mediada y no discursiva? ¿Cómo hemos de parar de hablar y comenzar a mirar, a atender?

El Oriente cristiano siempre ha sido reacio a considerar alguna técnica particular como un camino privilegiado para entrar en la hesychia. La quietud del corazón puede encontrarse en las diferentes expresiones de la vida cristiana, como pueden ser la fe en los dogmas de la Iglesia, la oración litúrgica, la lectura de la Escritura, la observancia de los mandamientos, los actos de servicio o la compasión hacia nuestro prójimo. Sin embargo, es “la oración de Jesús” la forma de orar que se descubre como la más valiosa para adquirir la quietud interna y externa, el mejor modo de unificar la atención interior, desnudar la mente de imágenes, y lograr así la hesychia.

En la práctica de la Oración de Jesús, se distinguen tres elementos que la constituyen:

1. La invocación de Jesús: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios…”

2. La llamada a la misericordia de Dios, acompañado de un sentido de pathos25 o pesar por el pecado: “…ten piedad de mi”.

3. La repetición frecuente o continua de esta oración, acompañada, a veces, de una cierta disciplina respiratoria.

1. Señor Jesucristo, Hijo de Dios…”

Esta primera parte de la “oración de Jesús” u “oración del corazón”, consiste simplemente en invocar el Santo Nombre de Jesús. La oración de Jesús es así un modo de “mantener la guardia” sobre el intelecto y el corazón. Aunque es una oración en palabras, la invocación del Nombre es de tal brevedad y simplicidad que capacita al buscador a llegar más allá del lenguaje, al silencio viviente de Dios.

Cuando hemos bloqueado todas sus salidas por medio de la recordación de Dios, el intelecto requiere imperativamente de nosotros alguna tarea que satisfaga su necesidad de actividad. Para el cumplimiento completo de su propósito no debemos darle nada fuera de la oración “Señor Jesús…”. Que el intelecto se concentre continuamente en esta frase dentro de su santuario interior con tal intensidad que no sea desviado hacia ninguna imagen mental”. Diádoco de Fótice.

Ciertos lugares os inspiran temor: no dudéis en acudir a ellos en plena noche. Si transigís, aunque sea un poco, con ese sentimiento, él envejecerá con vosotros. Mientras avanzáis, armaos con la oración; al entrar en ellos extender los brazos y flagelad a los enemigos con el nombre de Jesús, pues no existe en el cielo ni en la tierra un arma más eficaz”. (Escalón 21). Juan Clímaco o de la Escala.

Es la idea del Nombre divino como revelación, como manifestación dinámica de la Persona del Dios transcendente. Invocar el Nombre de Jesús es ya llevarlo consigo. El poder del Nombre es el del mismo Cristo. Se trata del fuego de su gracia que inflama el corazón de quien lo invoca, con un amor inefable y divino. Es el “grito del corazón” que hace brotar, como una fuente viva, la presencia del Señor, comunicada por la pronunciación del Nombre divino. El nombre de Jesús no es un simple signo, sino el instrumento de una comunión real con el Verbo divino.

“… “la palabra de Dios es viva y eficaz”, o sea, que Jesús “penetra hasta la división del alma y el espíritu, de las articulaciones y de la médula” (Heb 4, 12) para suprimir en vivo, de los miembros del alma y del cuerpo, todo lo que encierran de apasionado. (…) el Señor es una “fuente de agua que brota para la vida eterna” (el agua es el Espíritu), que brota y burbujea con potencia en el corazón”. Gregorio el Sinaíta26.

Esto explica que para los monjes hesicastas practicantes de esta “oración de Jesús”, su pronunciación sea por una parte un “medio”, y por otra el “fin” mismo de la vida espiritual.

2. “…ten piedad de mi”

Esta segunda parte de la “oración del corazón” es una súplica, un ruego que el monje hace, desde lo más profundo de su ser, para que el Señor le socorra, le ayude, le asista en los momentos de sufrimiento y contrición.

Las pasiones son sufrimientos. Dios no ha querido alejarlas, pero ha dicho: “Invócame en el día de la tribulación”. No hay otro medio de vencer toda pasión más que invocar el nombre de Dios. La contradicción sólo es buena para los perfectos, los poderosos según Dios; nosotros, los imperfectos, tenemos sólo un recurso: refugiarnos en la oración en el nombre de Jesús. Pues las pasiones son demonios que huyen ante su nombre”. Barsanufio y Juan de Gaza27.

El verdadero recuerdo de Dios es seguido del amor y la alegría. “Cuando de Dios me acuerdo, gimo” (Sal 77,4). La oración pura es seguida de la ciencia y de la compunción: “Cuando yo clame, sé bien que Dios estará en mí” (Sal 56, 10); “Mi sacrificio, oh Dios, es mi espíritu contrito” (Sal 51, 19). En efecto, cuando el espíritu y la inteligencia se mantienen ante Dios con una intensa atención y una ardiente oración, surge la compunción.” Teolepto de Filadelfia28.

Esta súplica “ten piedad de mi”, unida al Nombre de Cristo comunica al hombre la fuerza de la gracia divina capaz de arrojar de sí los poderes diabólicos, y la pasiones y distracciones del mundo.

Cuando Cristo se aparta del alma es como el sol que se pone trayendo la noche; ella es entonces invadida por las tinieblas y desgarrada por bestias invisibles y, así como la bestias salvajes retornan a sus cubiles al levantarse el sol, cuando Cristo se eleva en el firmamento del alma en oración, todo trato con el mundo se desvanece, se borra la amistad con la carne y el espíritu de dedica a su obra: la meditación sobre las cosas divinas”. Teolepto de Filadelfia.

3. Repetición y disciplina respiratoria.

Al tiempo que recuerdas a Dios, multiplica tu oración para que, en el día que olvides al Señor, él te haga recordarlo”. Marco el Ermitaño29.

La tercera parte de la oración hace referencia a la forma de ejecutarla. La oración se repite incansablemente una y otra vez. Esta práctica de reiterar una breve frase o fórmula es conocida como “oración monológica”, que consiste en recitar una sola frase o logos. A través de esta oración monológica el monje es capacitado, en combinación con el “trabajo externo” de su labor manual, a practicar también el “trabajo interno” de la oración. La meta es resumida por el obispo Teófano de la siguiente manera: “Las manos en el trabajo, la mente y el corazón en Dios”.

Que vuestra oración ignore toda multiplicidad: una sola palabra bastó tanto al publicano como al hijo pródigo para obtener el perdón de Dios…”

“No os lancéis a largos discursos para no disipar vuestro espíritu en la búsqueda de palabras. (…) una sola palabra llena de fe salvó al ladrón. La prolijidad en la oración a menudo llena el espíritu de imágenes y lo disipa, mientras que una sola palabra (monología) tiene por efecto su recogimiento. Sentíos consolados y enternecidos por una palabra de la oración y allí deteneos, pues vuestro ángel guardián ora entonces con vosotros”. Juan Clímaco o de la Escala.

Existe también una técnica física respiratoria, que ha sido recomendada ampliamente por los Padres, en conexión con la oración de Jesús.

Recuerda a Dios con más frecuencia de lo que respiras”. Gregorio de Nacianzo30.

La oración de Jesús debe ser tan constante que pase a formar parte de nosotros de una forma natural, como el propio acto de respirar.

Que el recuerdo de Jesús esté presente en cada respiración tuya,…” Juan Clímaco o de la Escala.

Que la Oración de Jesús se adhiera a vuestra respiración y lograréis lo que deseáis antes de que pase mucho tiempo”.

Unid al soplo de vuestras narices la sobriedad, el nombre de Jesús, la meditación sobre la muerte y la humildad; una y otra son de gran utilidad”. Hesiquio de Batos.

¿No es fácil acaso decir en cada respiración: “Mi Señor Jesucristo, ten piedad de mí; yo te bendigo, Señor mío Jesucristo, ayúdame?” Macario el Grande o el Egipcio.

Dado que vuestro espíritu –el acto de vuestro espíritu- tiene por costumbre extenderse y dispersarse sobre los objetos sensibles y exteriores del mundo, es necesario que, al pronunciar esta santa oración, no respiréis continuamente como se acostumbra según la naturaleza. Retened un poco vuestra respiración hasta que vuestro verbo interior haya dicho una vez la oración. Entonces respirad, según la enseñanza de los Padres”. Nicodemo el Hagiorita.

Esta técnica no sólo se refiere al control de la respiración, algunos Padres nos hablan también de técnicas y posturas corporales, que faciliten integrarse plenamente en la oración del corazón. Esta técnica comprende tres rasgos principales:

1. Adoptar una postura corporal: sentado, con la cabeza y la espalda inclinada y la mirada dirigida hacia el corazón o hacia el ombligo.

2. Disminuir la velocidad de la respiración y coordinar las palabras de la oración de Jesús con la inhalación y la exhalación del aire.

3. Concentrar la atención sobre el corazón y hacer “descender” la oración del intelecto al corazón, consiguiendo así la “oración del intelecto en el corazón”.

Siéntate en una celda tranquila, apartado en un rincón y aplícate a hacer lo que digo: cierra la puerta, eleva tu espíritu por encima de todo objeto vano o pasajero. Luego, apoyando tu barbilla contra tu pecho, dirige el ojo del cuerpo a la vez que todo tu espíritu, hacia el centro de tu vientre, es decir, a tu ombligo, comprime la aspiración de aire que pasa por la nariz, de manera que no respires según se hace de modo espontáneo, y escruta mentalmente el interior de tus entrañas buscando el lugar del corazón, allí donde gustan estar todas las potencias del alma. Al principio, encontrarás tinieblas y una terca opacidad, pero si perseveras, si noche y día practicas este ejercicio, encontrarás, ¡oh, maravilla!, una felicidad sin límites. Método de la santa oración31.

“… en primer lugar, que tu vida sea apacible, limpia de toda preocupación y en paz con todos. Entonces entra en tu cámara, enciérrate y, estando sentado en un rincón, haz lo siguiente. (…) …siéntate, recoge tu espíritu e introdúcelo –me refiero a tu espíritu- en las narices; es el camino que toma el soplo para ir al corazón. Empújalo, fuérzalo a descender en tu corazón al mismo tiempo que el aire inspirado. Cuando esté allí, verás la alegría que seguirá: no tendrás que lamentar nada”. Sobre el método respiratorio. Nicéforo el Solitario.

El monje debe tener el recuerdo de Dios por la respiración”. “El amor de Dios debe pasar a través de nuestra respiración”. “Si tu ves alzarse y tomar forma a la impureza de los pensamientos o de los espíritus malvados no te desconciertes; si se presentan ante ti conceptos buenos acerca de las cosas, no les prestes atención, sino que, en la medida de lo posible, debes retener tu soplo, encerrar tu espíritu en tu corazón y ejercitar sin tregua ni disminución la invocación del Señor Jesús”. Gregorio el Sinaíta.

Muchos son los Padres de la Iglesia de Oriente que colocan la “oración del corazón” u “oración de Jesús” en el centro de la vida espiritual y de la mística. La conciben como “morada y unión del hombre con Dios”. La oración está en el origen de toda actividad intelectual y moral, por ser “fuente de todas la virtudes, alimento del alma, madre de lágrimas e iluminación del espíritu”.

Theosis o Deificación

Ni la oración de Jesús ni la hesychia constituyen una finalidad por sí mismas, sino que con ello se persigue la theosis o deificación. La última vocación y la meta suprema de toda persona humana es la theosis: el alma, enteramente despojada, ya no es ella misma, sino que se ha «transformado» en Dios.

Purificado por la penitencia y por ríos de lágrimas, yo mismo llego a ser Dios a través de una unión inexpresable”. Simeón el Nuevo Teólogo.

La enseñanza relativa a la theosis es un tema recurrente en los escritos de los Padres Griegos de la época bizantina. Según la teología bizantina, el destino último del creyente es alcanzar la theosis (deificación, divinidad), que es la vida eterna en Dios. Theosis del ser que se alcanza mediante la experiencia religiosa. Mediante la oración del corazón y mediante la gracia de la iluminación, el hombre recobra su armonía interior, su unidad original. Se recubre con la imagen de Dios y la semejanza divina. Es “deificado” por obra, no del hombre, sino de la Gracia.

Soy hombre por naturaleza y Dios por la Gracia”. Simeón el Nuevo Teólogo.

Para el Cristianismo Oriental, la materia es portadora del espíritu. Todo cristiano está llamado a la perfección y es capaz de revelar la imagen de Dios oculta en él. Todo hombre puede transformarse mediante la cooperación voluntaria con la Gracia Divina.

Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios”. San Atanasio Magno.

Dios se vuelve hombre con el fin de que, por la Gracia, el hombre se vuelva Dios reuniendo en su hipóstasis lo divino y lo humano. Por su nacimiento mismo, el hombre es un ser que “tiende hacia lo alto”, que aspira hacia algo más que sí, debido a que él es consubstancial a la humanidad de Cristo, como éste lo es a la divinidad del Padre.

En quienes habita la gracia del Espíritu, son hechos templos de Dios (1 Cor 3, 16) e hijos de Dios”. Gregorio Palamas.

Gregorio Palamas en su teología, sostiene que, siendo Dios el “supremo desconocido” y aprehendido sólo por la fe, es posible, sin embargo, por la Gracia, una deificación o “theosis”, que es una identidad al nivel de las energías. El encuentro entre Dios y el hombre acontece en las energías, “energías con energías”. La theosis del hombre requiere una transformación real; entre Dios y el hombre se establece una relación ontológica, que fundamenta la personal, gracias al don del Espíritu.

Por la irradiación de las energías increadas sobre la naturaleza humana, Dios y el hombre se unirían en un encuentro personal entre seres hipostáticos de la misma estructura ontológica”. Gregorio Palamas.

Conclusión

Como ya expresé en la introducción, mi mayor anhelo es que este trabajo pueda servir de pequeña ventana a la inmensa belleza y sabiduría de los Padres y de las tradiciones espirituales de Oriente.

Para mí ha sido un gran hallazgo, pues me devuelve a la alegría que es saber que Dios es tan cercano a mi corazón. Que puedo hallarme en su presencia sin necesidad de grandes vericuetos intelectuales ni proezas de ningún tipo.

Sólo orar y orar, orar andando por las calles, orar cuando hablo y cuando escucho, orar cuando me río y cuando lloro, orar en compañía y en la soledad, la íntima, envolvente y cálida soledad de la hesychia.

Y convertirme, como puede hacer cualquier otra persona, en un “hesicasta urbano”, pues la simplicidad y la brevedad de la oración y de la técnica lo hacen posible, preservando interiormente, en el corazón, un centro secreto de quietud en medio de las presiones exteriores, llevando el desierto con nosotros en nuestros corazones por dondequiera que vayamos.

Para terminar, añado unas cuantas citas, entresacadas de la Filocalia, que como no he podido ponerlas dentro del texto, por sus diferentes temáticas, me parece interesante ponerlas aquí, pues considero que son auténticas joyas de la sabiduría de los Padres de Oriente.

En la diversidad está escondido Aquel que es uno; en lo que es compuesto, Aquel que es perfectamente simple; en lo que ha comenzado un día, Aquel que no tiene comienzo; en lo visible, Aquel que es invisible; en lo tangible, Aquel que es intangible”. Máximo el Confesor.

La gracia graba en el corazón de los hijos de la luz las leyes del Espíritu. Ellos no deben poner su seguridad solamente en las Escrituras de tinta, pues la gracia de Dios inscribe las leyes del Espíritu y los misterios celestes también sobre las tablas del corazón, y el corazón es quien manda y rige todo el cuerpo”. Macario el Grande.

La plegaria es un fruto de la alegría y la gratitud. La plegaria excluye la tristeza y el descorazonamiento”. Evagrio Póntico.

La buena conciencia se encuentra por la oración; y la oración pura, por la conciencia. Tienen una natural necesidad la una de la otra”. Marco el Ermitaño.

Si podéis, manteneos en paz y despiertos, sin recitar salmos ni hacer postraciones y, si sois capaces, orad únicamente en vuestro corazón. ¡Pero no durmáis!” Isaac el Sirio o de Nínive.

No se aprende a ver, es un efecto de la naturaleza. La belleza de la oración no se aprende por la enseñanza de otro. Ella tiene su maestro en sí misma. Dios, “el que el saber al hombre enseña” (Sal 94, 10), da la oración a aquel que ora y bendice los años de los justos” (Escalón 28). Juan Clímaco o de la Escala.

Aplícate a entrar en tu cámara interior y verás la cámara celestial. Pues sólo una y la misma puerta se abre sobre la contemplación de ambas. La escala de ese reino está escondida dentro de ti, en tu alma. Lávate del pecado y descubrirás los escalones para subir”. Isaac el Sirio o de Nínive.

La oración simple es el pan que fortifica a los principiantes. La oración acompañada por una cierta contemplación, el aceite que suaviza. La oración sin forma ni imagen, el vino perfumado que pone fuera de sí mismos a los que con él se embriagan”. Elías el Ecdicos32.

No basta orar incesantemente según el mandamiento divino, sino que debemos exponer esta enseñanza a todos: monjes, laicos, inteligentes o simples, hombres, mujeres o niños, a fin de despertar en ellos el celo por la oración interior”. Gregorio Palamas.

Cuando me desperté, sentí una gran alegría en mi corazón y muy renovado vigor en mi alma. Y sin más continué mi camino”. Relatos de un peregrino ruso.

Bibliografía:

Libros:

  • La Filocalia de la oración de Jesús. Ediciones Sígueme. Salamanca, 2004. Colección Ichthys, Oriente Cristiano.

  • Relatos de un peregrino ruso. Editorial Lumen. Buenos Aires, 1989. Colección Ichthys, Oriente Cristiano.

  • Theosis. La doctrina de la divinización en las Tradiciones Cristianas. Pedro Urbano López de Meneses. Ediciones Universidad de Navarra, S. A. Pamplona, 2001.

  • De la mística. Experiencia plena de la Vida. Raimon Panikkar. Herder, 2005.

  • Cristianismo oriental. Nicolás Zernov. Ediciones Guadarrama.

Artículos de Internet:

  • Teología y mística en la tradición de la iglesia de oriente Vladimir Lossky. Herder, Barcelona, 1982. www.geocities.com/origo_es/lossky.htm

  • La Teología Litúrgica Oriental. http://www.holytrinitymission.org

(Corrección y Adaptación por Carlos Etchevarne).

  • E. Behr Sigel. La iglesia reza. ddb. págs. 9-48.

www.mercaba.com/fichas/oración/669-3.htm

  • Yoga y hesicasmo. Javier Moreno Pampliega. www.centroecuménico.org/diálogo/artículos.htm

Notas:

1 Vida con mayúsculas, en relación a las palabras de Jesús en el Nuevo Testamento: “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6).

2 De la mística. Experiencia plena de la Vida. Raimon Panikkar. Herder, 2005.

3 Filocalia: del gr. Philokalia, “amor por lo bello”. Título de dos compilaciones religiosas de la iglesia griega. La primera compuesta por los escritos de Orígenes. La segunda es una antología elaborada por Nicodemo Hagiorita y Macario Notaras, que contiene escritos ascéticos y místicos. Propugna el hesicasmo.

4 Juan Clímaco o de la Escala (hacia 580-650): gran doctor místico, pasó 50 años en soledad en el monte Sinaí. Debe su sobrenombre a su obra más célebre: “Escala al Paraíso”.

5 Cristianismo oriental, pag. 232. Nicolás Zernov. Ediciones Guadarrama.

6 El Icono y la Luz Primordial. Luc-Olivier D´Algange.

7 Justiniano I (482-565): emperador bizantino del s. V.

8 La Teología Litúrgica Oriental. http://www.holytrinitymission.org/books/spanish/teologia_liturgica_oriental.htm

9 Evagrio Póntico: muerto en el año 399, originario de Capadocia. Discípulo de Gregorio Nacianceno.

10 Antonio de Egipto o el Grande: padre del desierto, iniciador de la vida anacoreta.

11 Gregorio de Nisa: capadocio, uno de los teólogos más grandes y originales de la historia de la Iglesia.

12 Apa Bessarión: padre del desierto.

13 Hesiquio de Batos (VII – VIII): higumeno del monasterio de Batos, en Sinaí, autor de dos centurias “Sobre la sobriedad y la virtud”.

14 Nicéforo el Solitario o el Hagiorita (2ª mitad s. XIII): constituye el primer testimonio de la oración de Jesús combinada con una técnica respiratoria.

15 Apa Doblas: padre del desierto.

16 Isaac el Monje, el Sirio o de Nínive (s. VII): obispo nestoriano de Nínive, asceta y místico.

17 Gegorio Palamas (1296-1359): obispo de Tesalónica y último gran nombre de la teología bizantina. Teólogo y doctor defensor del hesicasmo.

18 Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022): uno de los mayores místicos de la iglesia griega.

19 Máximo el Confesor (h. 580-662): el mayor teólogo griego del s. VII. Monje y abad del monasterio de Crisópolis, cerca de Constantinopla. Luchó contra la herejía monotelita.

20 Diádoco de Fótice (mediados s. V): obispo de Fótice. Autor de los “Cien capítulos sobre la perfección espiritual”, acogido favorablemente en toda la tradición bizantina.

21 Macario el Grande o el Egipcio (300-390): anacoreta durante 60 años en el desierto de Escita. Discípulo de San Antonio.

22 Nicodemo el Hagiorita (1749-1809): Teólogo, compilador y traductor, promotor del renacimiento espiritual en el seno de la ortodoxia. Redactor del prefacio y las notas de la Filocalia.

23 Relatos de un peregrino ruso: libro anónimo del s. XIX, muy conocido en Rusia y que a inicios del s. XX se extendió por el resto de Europa. Popularizó la Filocalia y la tradición de la “oración de Jesús”.

24 Teófano el Recluso: obispo ruso del siglo XIX, (1815-1894).

25 Pathos: palabra griega que hace referencia a “sufrimiento, dolencia, afección”.

26 Gregorio el Sinaíta (1255-1346): originario de Asia menor. Lleva el hesicasmo al monte Athos.

27 Barsanufio y Juan de Gaza (h. 540): monjes recluidos en el monasterio de Séridos. Dejaron una importante correspondencia de dirección espiritual bajo la forma de respuestas a problemas prácticos.

28 Teolepto de Filadelfia (1250-1321): alumno del monje Nicéforo y obispo de Filadelfia.

29 Marco el Ermitaño o el Asceta (muerto h. 430): superior de monasterio y asceta.

30 Gregorio de Nacianzo: junto a Basilio de Casarea y Gregorio de Nisa, uno de los tres grandes teólogos capadocios que están en el origen de la tradición teológica y mística de la Iglesia de Oriente.

31 Atribuido a Simeón el Nuevo Teólogo, aunque parece que es posterior.

32 Elías el Ecdicos o el Canonista (XI – XII): alumno de Evagrio Póntico.

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