A mi Ángel, por María Zambrano

… Y no hay misterio,

sólo trabajosa pesadumbre

y esa amarga yerba.

Pero tú me conduces

y manda tu palabra.

Sí; quiero ser tus alas

caídas, alma, llanto,

lluvia de lágrimas por mí.

Porque tú me lloras,

lloras mi no-ser,

porque me sientes a tu lado,

soy tu fealdad, tu impotencia

extranjera a ti confiada.

Cómo te peso

yo la invisible.

Soy tu piedra,

el aceite que unta tus alas,

tu rémora

y en instantes infinitos

tu desesperación.

Oh Ángel

¿seré tu infierno?

Eterno retorno

de tu ligereza por mí aprisionada.

Como una obscura cosa

me ofrezco a tus pies

para ser quemada, ahumada

víctima necesaria de tu libertad.

No me dejes existir, pues que te peso.

Tú me mides,

soy tu irreductible

¿hasta cuándo?

tu condena.

María Zambrano, A mi Ángel, en Rey Lagarto, Madrid, 2002, núm. 50-51, pág. 74.

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