Memento mori o del recuerdo de la fugacidad de la vida

Cuando un general del Imperio Romano salía victorioso en una guerra importante, éste y sus soldados eran conmemorados con grandes fiestas y desfiles que recorrían las calles de Roma. El general, siendo la cabeza de la victoria, era todo el tiempo ovacionado y alabado por las gentes romanas.

Para que la soberbia, la megalomanía y el endiosamiento no se apoderara del general, y para que no cayera así en el abuso de poder y la tiranía, un siervo le acompañaba durante todo el desfile repitiendo, aproximadamente, las siguientes palabras:

Respice post te! Hominem te esse memento!

“¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que eres un hombre!”

De este modo, el siervo le recordaba al general su mortalidad, la fugacidad de su vida, que en realidad, nada le diferenciaba del resto de seres humanos. Esta función del siervo se ha conocido como memento mori, “recuerda que morirás”.

Solemos vivir como si fuéramos inmortales. Podemos verlo reflejado en el vivir diario: ¿A qué prestamos más atención en nuestras vidas? ¿Cuáles son nuestros intereses y cuánta energía ponemos en ellos? ¿Qué hacemos de la vida, una vida prestada y fugaz? ¿La estamos realmente aprovechando? O más incisivamente: ¿Estamos vivos, o somos muertos en vida?

La Tradición, sabia e imperecedera, propone, para aquellos que anhelan el encuentro con el Espíritu, un ejercicio muy sencillo e importante para el Trabajo en el Autoconocimiento: recordar que moriremos, y que nuestra muerte puede suceder en cualquier momento. La propia muerte es la única certeza que tenemos en vida, hecho que no deja de ser paradójico. No hablamos aquí del final de la vida, pero sí del final de una vida que puede ser aprovechada para lo que realmente es importante: el Despertar.

¿Dedicamos nuestra vida enteramente al Despertar de la Conciencia? ¿Nos acordamos del Ser? ¿Nos ubicamos en el Recuerdo de Sí? El recuerdo de la propia muerte es un ejercicio que debería de acompañarnos a cada instante, pues así comenzamos a capacitarnos para extraer de cada momento vivido lo más esencial, lo divinal que insufla a la existencia de vida, la Budeidad, el Tao, Purusha… y al mismo tiempo, como enseña la mística sufí, vivenciar plenamente la propia nada radical, la indigencia ontológica que somos, como humildes siervos de la Divinidad.

El recuerdo de la propia muerte no es algo abominable, sino un paso hacia la comprensión, la integración y a la experiencia directa de la impermanencia, la incertidumbre y el perpetuo cambio de todas las cosas, como explica el budismo o expresa Heráclito cuando dice que “muerte es cuanto despiertos vemos; cuanto dormidos, sueño”. Todo lo que existe se define por el cambio, y el cambio es el nacimiento-muerte, muerte-nacimiento de lo que hay. Ni siquiera nosotros somos siempre la misma cosa. Heráclito, sobre esto, dice: “El Sol es nuevo cada día”. Ser conscientes de la propia muerte nos hace conscientes de la muerte de todo, de que todo llega, se marcha y cambia. Ése eterno presente del que se habla no es más que la vivencia del eterno cambio que se da todo el tiempo. Cuando recordamos la muerte, recordamos que nada fijo existe, que no hay suelo en el que pisar ni techos bajo los que cobijarse.

Memento mori: un bello acto de recordar y entregarse al Espíritu.

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