El simbolismo del corazón: puente entre lo humano y lo divino

Nota: A lo largo de este trabajo mencionaremos de forma directa e indirecta el brillante Diccionario de Símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, puesto que sintetiza de forma clara y extensiva el simbolismo del corazón.

«Yo duermo, pero mi corazón vela.» Cantar de los Cantares 4, 5:2

El corazón es uno de los más importantes órganos del organismo humano. Su función se centra en bombear la sangre y repartirla por el cuerpo; podemos decir que es el centro y motor del cuerpo humano. El corazón late todo el tiempo, una media de 72 pulsaciones por minuto en condiciones normales. El latido se compone de dos movimientos: sístole y diástole. La fase de diástole es el momento de relajación del corazón, llenándose éste de sangre que luego impulsará con la fase de sístole, momento en que el corazón se contrae y reparte la sangre por todo el organismo. El corazón es, por tanto, el órgano que prácticamente hace más esfuerzos de todos los órganos vitales de nuestro cuerpo. Tanta es su fuerza de bombeo que en un solo día podría mover un vehículo durante 32 km.

Esta descripción es muy somera, y esperamos que suficiente para entender la importancia del corazón para la vida. En la Antigüedad este hecho era de sobras conocido, y por ello el corazón se convirtió en un importante símbolo en las diferentes tradiciones a lo largo de los tiempos.  Hablar de todo el simbolismo del corazón ocuparía el espacio de un extenso libro, así que lo que vamos a desarrollar en este pequeño trabajo es el simbolismo tradicional del corazón, sobretodo en su aspecto de puente entre lo divino y lo humano, o lo que es lo mismo, de asiento de lo divino en lo humano. Nos alejaremos, cabe decir, de las concepciones de la cultura popular, que relegan al corazón, simbólicamente, al ámbito de las emociones inferiores, en donde se entiende que el “sentir del corazón” es un impulso irracional que nos conduce a lo justo, lo verdadero, lo feliz, etc. Esta creencia ha conducido al rechazo de la razón, como si fuera algo frío y carente de sentido. Evidentemente, estas concepciones son simplistas y no tienen razón de ser.

Como veremos, en muchas ocasiones el corazón es sinónimo de inteligencia, de asiento de la mente, etc. Pero hay que entender que las palabras “inteligencia” o “mente” hacen referencia al nous, al logos, a la inteligencia superior. Como explica la Tradición, la emoción superior y el intelecto superior –simbolizados a veces como el corazón en su completitud- son los ojos del Alma. Parafraseando a Boris Mouravieff:

San Isaac el Sirio dice: “Mientras los dos ojos ven las cosas de una manera idéntica, los ojos del Alma las ven de diferente modo: uno contempla la verdad en imágenes y en símbolos, el otro cara a cara”. En otros términos, los mensajes captados por el centro emotivo superior pueden ser traducidos en representaciones o en el lenguaje humano, pero únicamente bajo la forma de imágenes y símbolos. […] En cuanto al centro intelectual superior, los mensajes captados por él son de naturaleza trascendente y, como tales, no pueden de ninguna manera ser traducidos al lenguaje humano.[1]

En algunas tradiciones el Alma prácticamente es sinónimo de corazón: “el Alma es el rey del mundo”, como expresa la tradición cabalística. Por tanto, los ojos del Alma son, a su vez, los ojos del corazón, como enuncia la tradición cristiana y sufí.

El axis mundi del ser humano

“No hagas de tu corazón un altar, mas haz un altar en tu corazón.” –Axioma hermético

El corazón, por ubicarse en el centro del cuerpo humano, se ha simbolizado como el axis mundi del microcosmos ser humano, es decir, el eje del mundo interior que permite conectar la materia con el Espíritu, y viceversa.

Teniendo presente tal idea de centro –el centro, como eje, es el que todo lo gobierna y, por tanto, es rey-, en las culturas tradicionales el corazón es el trono en el cual el Reino de Dios se asienta en el ser humano. El Diccionario de Símbolos nos describe la función del corazón como asiento divino:

[…] Los hindúes […] consideran el corazón (hridaya) como Brahmapura, la morada de Brahma. El corazón del creyente, se dice en el Islam, es el Trono de Dios. Si, igualmente, en el vocabulario cristiano, se dice que el corazón contiene el Reino de Dios, es que este centro de la individualidad, hacia el cual retorna la persona en su andadura espiritual, representa el estado primordial, y por tanto el lugar de la actividad divina. El corazón, dice Angelus Silesius, es el templo, el altar de Dios; puede contenerlo enteramente.

El corazón, se lee incluso en el Nei King de Huang-ti, es un órgano real; representa el rey; en él reside el Espíritu. Si la iglesia cruciforme se identifica con el cuerpo de Cristo, el emplazamiento del corazón está ocupado por el altar. El Santo de los Santos se dice que es el corazón del Templo de Jerusalén, corazón de Sión, que es, como todo centro espiritual, un corazón del mundo.

En el capítulo I del Libro I de la Guía Espiritual de Miguel de Molinos, encontramos varios consejos sobre el cuidado del corazón, siendo este templo y asiento de la Divina Presencia, del Soberano Rey:

  1. Tu principal y continuo ejercicio ha de ser pacificar ese trono de tu corazón para que repose en él el Soberano Rey. El modo de pacificarlo ha de ser entrándote dentro de ti mismo, por medio del interior recogimiento. Todo tu amparo ha de ser la oración y recogimiento amoroso en la Divina Presencia. Cuando te vieres más combatida, retírate a esa región de paz, donde hallarás la fortaleza. Cuando más pusilánime, recógete a ese refugio de la oración, única arma para vencer al enemigo y sosegar la tribulación. No te has de apartar de ella en la tormenta, hasta que experimentes, como otro Noé, la tranquilidad, la seguridad y serenidad, y hasta que tu voluntad se halle resignada, devota, pacífica y animosa.

El corazón, siendo el asiento/timón del Alma, en el que la Divinidad esconde el mayor tesoro de nuestro interior, es la intermediación entre el mundo espiritual y el mundo terrenal, mundo imaginal por excelencia en el ser humano, anima cordis mundi, mundo del Alma y del corazón.

La Tradición representa en muchas ocasiones al corazón y el Alma como un solo y mismo elemento que permite que la Divinidad more en nuestro interior. En algunas tradiciones sufíes, a las que nos referiremos en más ocasiones, se precisa un poco más cierta diferencia –y al mismo tiempo semejanza- entre corazón y Alma. El corazón es el puente o istmo (barzaj) entre el Espíritu y el Alma. Es necesario recordar la tríada que compone al ser humano: Cuerpo-Alma-Espíritu. El Alma es el elemento intermedio que espiritualiza la materia y materializa el Espíritu, siendo así el mundo imaginal del microcosmos ser humano. El corazón sería, a su vez, el puente que conecta el Alma con el Espíritu. Por tanto, el corazón es el conducto que conecta lo posiblitante –es decir, el Espíritu-, con lo posibilitado, el Alma. Mientras el Alma es el Espíritu manifiesto, el corazón insufla en el Alma la posibilidad de manifestarse. Por eso es nuestro altar interior y en la simbología cristiana se ubica en el altar de la iglesia.

El corazón y el graal

En su función de posibilitador de la manifestación del Espíritu, el corazón es un recipiente que contiene las infinitas posibilidades del Ser, viabilizando su aparición. Es así como el corazón es un elemento óntico-ontológico, es decir, que es esencia –Espíritu- y existencia al mismo tiempo. El corazón es el lugar en donde se posibilitan las teofanías –manifestaciones de la Divinidad- y, como dice el maestro Ibn Arabi, «las teofanías son las luces de lo invisible que se revelan en el corazón». El corazón es el recipiente sagrado en el que se depositan los elementos más esenciales e importantes del ser humano en cuanto que es vehículo de la Divinidad en el mundo. Esto queda relacionado entonces, tradicionalmente, con el simbolismo del Grial o graal, como expresa el Diccionario de Símbolos en su acepción de copa:

El simbolismo más general de la copa se aplica al graal medieval, cáliz que recogió la sangre de Cristo y que contiene a la vez —ambas cosas vienen a ser lo mismo— la tradición momentáneamente perdida y el elixir de inmortalidad. La copa contiene la sangre, principio de vida; es pues homóloga del corazón, y en consecuencia, del centro. Por esto el hieroglifo egipcio del corazón es una vasija. El graal es etimológicamente a la vez un vaso (grasale) y un libro (gradale), lo que confirma la doble significación de su contenido: revelación y vida.

El corazón-copa como vasija que contiene la revelación y la vida. ¿Qué revela? ¿Qué vida contiene? Hasta este punto hemos reiterado la función del corazón como puente conector entre lo divino y lo humano. ¿Pero esto qué significa realmente? Tal y como dice la Tradición, el corazón también es símbolo de la intuición, de la sabiduría revelada que trasciende el conocimiento racional y profano. Dicha sabiduría revelada es la asunción de los valores del Ser, que se formalizan para que sean plasmados en la existencia del mundo. Hablamos de las Virtudes, de la integración a escala humana de los Nombres de Dios. Misericordia, Compasión, Nobleza, Bondad, Fuerza, Amor, etc. El Trabajo en el Autoconocimiento, el Camino Iniciático, versa sobre la integración de los atributos del Ser, pero siempre recordando, paradójicamente, que el Ser no tiene atributos, como escribe Maimónides en la Guía de Perplejos:

[…] los que poseen un verdadero conocimiento de Dios no estiman que Él posea muchos atributos, sino que estos diversos atributos que declaran Su poder, majestad, fuerza, perfección, bondad, etc., son idénticos y sólo declaran su esencia y no cosa alguna distinta a ella. (Capítulo XX, 1ª parte)

Con este aserto, que también expresa la sabiduría taoísta cuando dice que “el Tao que puede expresarse no es el Tao eterno”[2], se nos indica la importante función que tienen el corazón –y el Alma- como centros creativos que formalizan, ya lo hemos dicho, los atributos del Ser.

El corazón como arca del conocimiento

Siguiendo con la analogía corazón-recipiente, el corazón también es símbolo de arca. Dice el Diccionario de Símbolos en su acepción de arca:

[Según Hugo de San Víctor] El arca misteriosa es figurada por el corazón del hombre. Hugo la compara también a un navío.

El arca del corazón encuentra su análogo en el lugar más secreto del templo donde se ofrece el sacrificio, es decir, el santo de los santos que figura el centro del mundo.

Y también, el arca:

Simboliza […] el conocimiento sagrado. Noé conservó el conocimiento antediluviano, es decir, todo el conocimiento de las edades antiguas y el arca de la alianza todo el conocimiento de la Torá.

Así Noé se compara a Cristo y el arca se identifica con la cruz. Pero es el tema del corazón el que alcanzará mayor éxito. Santa Lutgarda, en el siglo XII, hablará del costado abierto de Cristo, que da acceso a su corazón convertido en arca. […]Guillermo [de Saint-Thierry] explica el papel del arca de la alianza en cuanto depósito de los misterios; es la urna de oro que contiene el maná. El conocimiento oculto en «el cielo de vuestro secreto», dirá también dirigiéndose al Cristo.

El corazón es el vaso griálico, el Arca de Noé y de la Alianza, Puente del Alma que se dirige hacia el Padre que está en Secreto. Es el lugar en que se operan las transformaciones alquímicas que alimentan al Alma en su camino de regreso al Absoluto, y a su vez, permiten que la Divinidad se manifieste en el mundo.

Los méritos del corazón

Estas transformaciones internas que hemos mencionado son las que la Tradición nombra como los méritos del corazón. Los méritos del corazón son el resultado de los avances que se van dando dentro del Camino del Autoconocimiento, que paso a paso nos conducen, siempre de la mano del Ser, hacia la Iniciación. Los méritos del corazón son aquellas transmutaciones interiores que cambian nuestro interior, liberando a la Conciencia de su estado de dormidez. Dichos méritos son el desarrollo y purificación del Alma que trae consigo el Despertar de la Conciencia.

El Trabajo en el Autoconocimiento tiene tres pilares fundamentales, que enumeraremos aquí, pero por su profundidad no los desarrollaremos en este trabajo ya que nos desviaríamos del tema que nos ocupa:

  1. El trabajo con la psiquis, que es la eliminación del ego en pos del nacimiento de las Virtudes.
  2. El trabajo con la energía, que versa sobretodo en la sublimación de la energía sexual, energía que siendo trabajada adecuadamente cristaliza los atributos del Ser y los cuerpos sutiles, despertando en nosotros todas nuestras potencialidades.
  3. La solidaridad, la correcta relación con los demás y el entorno. Es el servicio para con los demás, fundamentado en la ayuda, la buena disposición hacia los otros y el saber-hacer.

«Purifica tu corazón antes de permitir que el amor se asiente en él, ya que la miel más dulce se agria en un vaso sucio.» -Pitágoras de Samos

[1] Gnosis, tomo I, pp. 72-73

[2] Capítulo I del Tao Te King

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