El ser humano, intérprete de realidades

“El universo entero es un Libro, cuyas letras constituyen Su discurso, que leen los que llegan a percibir con la directa visión del pensamiento verídico, según el alcance de su percepción y su capacidad de interpretar.” –Ibn Masarra

Las palabras del maestro sufí Ibn Masarra aluden a una de las características fundamentales del trabajo esotérico –o trabajo en el Autoconocimiento-: la inmersión en la dimensión ontológica –esencial- de todo lo que existe. El Universo es un Libro compuesto de letras que forman los discursos divinos que componen y organizan la Creación en diversos estratos. Y el ser humano, siendo espejo y reflejo de la Divinidad (Sendero a la Nada, nº1), es capaz de leer e interpretar los discursos divinales. Los discursos divinos son las realidades espirituales en las que se sumerge aquel que trabaja en el Autoconocimiento.

Este modo sufí de expresar el trabajo en el Autoconocimiento no es únicamente alegórico, sino que realza la importancia mística de las letras que componen el alfabeto árabe, pues según otro maestro sufí, Tustari, “Las letras son el polvo primordial y el origen de las cosas en el principio de su creación”[1]. Esto es extrapolable a toda lengua sagrada, ya que tanto sus grafemas como su fonética tienen la misma vibración que la cosa mencionada, y es por este motivo que los lenguajes sagrados recrean dentro de nosotros la dimensión ontológica de toda cosa, haciéndonos participar en ella.

El intérprete, es decir, el que realiza el trabajo en el Autoconocimiento, ha de tener un apasionado anhelo espiritual para ser capaz de interpretar, porque la realidad primera y última de la que provienen el Libro y Su discurso es la Divinidad. El anhelo espiritual es la tendencia hacia la Divinidad, lo cual significa que es la predisposición hacia los estratos suprasensibles que nos conducen a Su Realidad.

Cuando el intérprete estudia e interpreta, por ejemplo, un Libro Sagrado, lo que está haciendo realmente es impregnarse de sus contenidos, recreando y actualizando los mismos. Esto representa que, con la debida profundización, el intérprete se convierte en lo interpretado mismo. Igualmente, cuando asumimos los valores del Ser, como por ejemplo la compasión, la afabilidad, el discernimiento, etc., estamos siendo contenedores y actualizadores –en definitiva, vehículos- del Ser mismo.

Podemos decir, entonces, que la persona que aspira al Autoconocimiento es un intérprete de realidades, con lo cual se convierte en un desvelador de los contenidos ontológicos y arquetipales aparentemente ocultos de todas las cosas. En el siguiente apartado definiremos qué es interpretar.

La interpretación: la participación en las realidades espirituales

Ibn Arabi escribió:

En este mundo el ser humano vive en un sueño. Es por ello por lo que se le ha ordenado que interprete. Pues el sueño puede ser interpretado dentro del propio sueño. […] Por lo tanto, ya que vives en un sueño en tu vigilia de este mundo, todo aquello en lo que estás inmerso es una cuestión imaginal[2] cuyo propósito es otra cosa. Esa otra cosa no se encuentra en aquello que tú ves.

De una forma muy clarificadora, el maestro Ibn Arabi nos indica que lo que percibimos y las conceptuaciones que hacemos en base a nuestras percepciones son ilusorias y que no corresponden con la realidad última de las cosas. Esto no significa que nuestras percepciones y conceptos sean del todo erróneos, sino que en la mayoría de los casos, creemos que la cosa que percibimos es al mismo tiempo la finalidad de la cosa misma. Olvidamos la dimensión trascendente de toda cosa, a cambio de recrear una visión pragmatista de ella.

Nuestras creencias, entonces, suelen ser literalistas: interpretamos las circunstancias tal cual las vemos desde nuestro punto de vista[3]. Omitimos así el propósito real de la cosa, que “no se encuentra en aquello que tú ves”.

Así pues, en el trabajo en el Autoconocimiento es requerida la constante revisión de los valores fundamentales que uno asume como propios, y también de las interpretaciones que surgen a raíz de dichos fundamentos sobre el qué, el cómo y el porqué de las cosas.

¿Pero qué es interpretar? El profesor de Filosofía José Antonio Antón Pacheco, en su obra Testigos del Instante, define qué es y qué supone el acto de interpretar hermenéuticamente[4]:

  1. La interpretación es la experiencia y asimilación del sentido interpretado.

  2. La repetición y actualización del sentido significan también el despliegue y la continuación del sentido.

  3. En la interpretación no se da ni una identidad absoluta con el sentido (no lo comprendo totalmente, ni me es absolutamente patente) ni una diferencia absoluta (el sentido no me es absolutamente extraño o ajeno), sino una relación de analogía.

  4. En la interpretación hay un sentido literal o gramatical (objetivo) y un sentido interior y profundo (que es el que hay que subjetivizar). La interpretación es la dialéctica entre ambos polos.

[…]

  1. La hermenéutica es una tarea sin fin. La interpretación está constantemente abierta.

Como reza el Wen-tzu, “los caminos pueden ser guías, pero no senderos trazados; los nombres pueden ser designados, pero no etiquetas fijadas”. Las interpretaciones de un texto sagrado, de una filosofía, de conceptos sobre qué es o no el Camino, del funcionamiento de las leyes universales, de lo que es el Ser, etc., son siempre susceptibles a reinterpretaciones y actualizaciones, eso sí, siempre desde el ámbito de la Conciencia.

El saber, el comprender y el saber-hacer

Para poder interpretar partimos de una base interpretadora previa: según el baremo que utilicemos, añadimos a cada cosa unas u otras características aparte de las que tiene de por sí (por ejemplo, la utilidad que tiene o de la que carece). Vivimos a través de los juicios previos que hacemos sobre las cosas, personas, circunstancias, etc. Esto es así porque necesitamos, para poder discernir una cosa de la otra, un saber previo que nos ayude a determinar qué es cada cosa. Pero que le demos un valor u otro a las cosas no significa que comprendamos su auténtico significado, aquel propósito que es otra cosa.

Para ahondar más ampliamente en esta cuestión, es necesario comprender la diferencia entre saber y comprender/interpretar. Boris Mouravieff, en su obra Gnosis, tomo I, escribe:

Podemos saber sin comprender; pero no podemos comprender sin saber. Se desprende de esto que comprender es saber, más el agregado de algo imponderable. […]

Se pasa del saber al comprender a través de la paulatina asimilación del saber. La capacidad de asimilación tiene sus límites. Está en función de la capacidad del hombre y ésta es diferente en cada persona.

[…]

El saber se encuentra esparcido por doquier. Pero está fuera de nosotros. La comprensión, en cambio, se encuentra dentro de nosotros.

Según la dialéctica utilizada por Mouravieff, el encadenamiento que nos permite pasar del saber al comprender es la capacidad de ser. Escribe:

Si se vierte en un vaso el contenido de un recipiente, es obvio que el vaso no podrá contener más que el volumen de líquido equivalente a su capacidad. El sobrante se derramará. Exactamente lo mismo ocurre con nosotros. Sólo somos capaces de comprender lo que corresponde a la capacidad de contenido de nuestro ser.

[…]

Para poder evolucionar en el sentido esotérico del término, debemos sobre todo preocuparnos por hacer crecer nuestro ser, por elevar su nivel.

El aumento de la capacidad de ser hace referencia al desarrollo de los valores conscientes, como comentábamos más arriba, como la misericordia, la solidaridad, y todos aquellos valores que entran dentro del campo de ser de la Conciencia. El trabajo en el Autoconocimiento, que es el del Despertar de la Conciencia, implica el desarrollo de dichos valores o virtudes. Este trabajo no se realiza de un día para el otro, sino que requiere de una constante voluntad y de un anhelo apasionado, como el mismo Mouravieff y otras tradiciones indican.

Recordemos las palabras que Ibn Arabi escribió: “En este mundo el ser humano vive en un sueño. Es por ello por lo que se le ha ordenado que interprete. Pues el sueño puede ser interpretado dentro del propio sueño”. Bien conocida es la analogía utilizada por la Tradición en referencia a nuestro estado interno: nuestra Conciencia está dormida, y por ello el ser humano es incapaz de interpretar verazmente lo que vive. Pero este caótico rodar dentro del Samsara puede ser revertido si interpretamos ontológicamente la realidad de las cosas más allá de las formas ilusorias –no por ello erróneas o dañinas- que presenta Maya, la ilusión. Interpretar, ya lo hemos dicho, es el puente que nos permite asociarnos directamente con la cosa interpretada.

El desarrollo de la capacidad de ser equivale al desarrollo de las virtudes, o lo que es lo mismo, al paulatino despertar de la Conciencia. Ibn Arabi, repitiendo las palabras que enseña la Tradición, escribe que “los seres humanos están dormidos, pero al morir despiertan”. Se refiere a la muerte iniciática, antesala del Despertar, del Segundo Nacimiento. En el plano que nos ocupa, el trabajo en el Autoconocimiento es el Despertar a las infinitas realidades de la Conciencia, y tal apertura es comprehensiva, es decir, que abarca y penetra en la dimensión ontológica de todas las realidades, como ya hemos comentado a lo largo de este trabajo. Como escribe el profesor de Filosofía Gustavo Fernández en Heráclito: Naturaleza y complejidad, “La comprensión no es un proceso reproductivo sino esencialmente productivo”, significando esto que no es el mero aprendizaje repetido una y otra vez hasta que se automatiza, sino que es la asimilación, la conversión hablando en términos platónicos y cristianos, a aquello que se comprende. Esta comprensión cada vez más abarcadora es ascensional y se desarrolla en espiral, o como dice la Tradición, en octavas de desarrollo.

Añade Fernández respecto al comprender y su relación con interpretar:

Todo comprender es interpretar, y toda interpretación se desarrolla por medio de un lenguaje que pretende dejar hablar al objeto para que aparezca: el lenguaje del intérprete.

El lenguaje del intérprete no es únicamente el lenguaje hablado, sino la expresión de la interioridad del ser humano que lo habla. Como comentan los expertos, el lenguaje no es un modo de expresar el pensamiento, sino que forma parte de nuestra manera de comprender la realidad y por tanto, serla. De este modo puede entenderse mejor aún las palabras de Ibn Masarra y Tustari aludiendo al sentido primordial y universal de las letras: cuando son pronunciadas, somos las letras y las palabras que éstas forman.

En resumen, el ser humano es un intérprete de realidades, de la sensible y la inteligible, de la física y la metafísica. El Autoconocimiento trata de la interpretación/comprensión/conversión de las realidades espirituales, ontológicas, que nos permiten profundizar en la mismidad del Ser a través de su devenir en la existencia. Es un proceso ascensional en espiral. 

En futuros artículos seguiremos profundizando en estas cuestiones.

Notas:

[1] En un artículo precedente de nuestra revista ya hicimos algunos comentarios aludiendo a la importancia de la ciencia de las letras –Al-sîmiyâ  para los sufíes-.(Sendero a la Nada nº1)

[2] La cuestión imaginal será desarrollada más adelante.

[3] Hacemos referencia aquí al saduceísmo, basado en un sesgado pensamiento materialista, teniendo como bandera el lema “creo en lo que veo”. Aquí entran cuestiones también psicologistas y cientificistas que no van más allá de sus propios métodos.

[4] En palabras del profesor de Filosofía Gustavo Fernández: “En un sentido amplio, la hermenéutica es el arte de interpretar un texto con el objetivo de alcanzar una recta comprensión. La filosofía hermenéutica se centra, por un lado, en la mutua pertenencia del observador y lo observado en un horizonte común y, por otro, en la consideración de la verdad como acontecer que, en diálogo entre los interlocutores, pone en obra y modifica a la vez este mismo horizonte.” (Heráclito, Naturaleza y complejidad). El arte de interpretar no está sujeto tan sólo a un texto, sino a todos los ámbitos de la Realidad.

 

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